Cuando se habla de envejecimiento facial, factores como la pérdida de colágeno, la gravedad o los cambios hormonales suelen ocupar el centro del debate. Sin embargo, Yvette Pons, experta en bioestética funcional, pone el foco en un aspecto menos conocido: la posición de la lengua, un elemento que, según explica, desempeña un papel importante en el equilibrio de la estructura craneofacial.
Además de intervenir en funciones como la deglución, la respiración o el habla, la lengua ejerce una presión constante sobre el paladar que ayuda a mantener el equilibrio de la estructura ósea del tercio medio facial.
Según explica Yvette Pons, un rostro armónico tiende a desarrollarse hacia arriba y hacia atrás, favoreciendo unos pómulos proyectados, una mandíbula definida y una correcta amplitud de los maxilares.
“La lengua debería permanecer apoyada en el paladar durante todo el día, excepto al hablar o masticar. Cuando deja de ejercer esa función de soporte, la estructura facial pierde uno de sus principales puntos de equilibrio”.
La especialista explica que determinadas alteraciones anatómicas, como un frenillo lingual corto o un paladar muy estrecho, pueden dificultar esta posición. No obstante, también señala que existen hábitos adquiridos capaces de modificar progresivamente la alineación de la cabeza, la mandíbula y la lengua.
Entre ellos destacan la respiración bucal, una mala alineación corporal, los hábitos posturales mantenidos durante años o el uso continuado de dispositivos electrónicos.
Según Yvette Pons, cuando la lengua permanece baja dentro de la boca durante largos periodos deja de sostener la estructura ósea superior, lo que puede favorecer el descenso de los pómulos, la pérdida de definición mandibular, el hundimiento de la zona periocular, una mayor flacidez en cuello y mejillas o un aumento del surco nasogeniano y las líneas de marioneta.
Además, sostiene que la posición de la lengua también mantiene una estrecha relación con la postura corporal. Cuando pierde su apoyo fisiológico, la cabeza tiende a adelantarse y aumentan las tensiones en la musculatura cervical.
“El rostro no puede entenderse de forma aislada. La lengua, la mandíbula, las cervicales, la respiración y la postura forman parte del mismo sistema funcional”.
Aunque la especialista recuerda que el desarrollo óseo presenta una mayor capacidad de adaptación durante la infancia, considera que nunca es tarde para mejorar la función mediante un abordaje multidisciplinar.
En este sentido, destaca la colaboración entre odontólogos, especialistas en terapia miofuncional, fisioterapeutas y profesionales de la bioestética funcional para favorecer patrones musculares más saludables y mejorar el equilibrio de las estructuras faciales.
“No todo depende de la genética. Muchos cambios faciales aparecen como consecuencia de hábitos funcionales mantenidos durante años. Comprender cómo trabaja la lengua es comprender una parte esencial de la salud y la belleza del rostro”.